Houve um tempo e que nos falamos todos os dias. Nos escrevíamos tres ou quatro e-mails a cada dia. Nos víamos no máximo a cada 15 dias.
E recordávamos com sorrisos o dia em que você foi me encontrar na praça, e apenas sabia um pouco da minha descrição física.
Naquela noite, nossos olhos se encontravam sobre a mesa, curiosos, e a paixão se desenhando. A cerveja não esquentou. Os planos foram vários. Na saída, me acompanhou para tomar o trem. E foi só isso.
Com o tempo, vieram os limites. As noites de saudades. O sentido duplo ou claro do que dizíamos.
E a primeira briga, política. E um quase-beijo no lugar e hora mais inapropriados.
E a vontade, e a raiva, e a impotencia. E a dúvida.
E os novos caminhos. E outras escolhas.
O que ficará? Talvez, os aceituneros de Jaén? "Mi vida vá prohibida, dice la autoridad", clandestina, clandestino.
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quarta-feira, 19 de outubro de 2011
segunda-feira, 22 de agosto de 2011
Acueducto
acueducto.
(Del lat. aquaeductus).
1. m. Conducto artificial por donde va el agua a lugar determinado, y especialmente el que tiene por objeto abastecer de aguas a una población.
Se encontraron temprano, la mañana de abril estaba un poco fría. Café, porras, chistes ("vamos tomar la porra del Manoel"), y autobus.
El camino fué agradable, compartiendo los dolores y las salidas. Ella sentía. Él también. Nadie se atrebía a avanzar.
Bajar en la estación, pasar en la oficina de turismo, subir al acueducto. Turistas. Ella se echa en el regazo de él. Él la acaricia.
Suben, bajan, comen. Otro autobus? Claro! Pero, tanto charlar, concentrados en si mismos, y lo pierden.
De regreso.
La fiesta, las amigas y amigos, la casa. Habitación? Comparten, claro.
Se abrazan, hablan poco, tienen miedo y por el miedo son dominados.
De ahí no pasan.
En la mañana, la almohada estaba llena del pelo de la chica. Los dos están tristes.
No se han vuelto a hablar. El agua no llegó.
(Del lat. aquaeductus).
1. m. Conducto artificial por donde va el agua a lugar determinado, y especialmente el que tiene por objeto abastecer de aguas a una población.
Se encontraron temprano, la mañana de abril estaba un poco fría. Café, porras, chistes ("vamos tomar la porra del Manoel"), y autobus.
El camino fué agradable, compartiendo los dolores y las salidas. Ella sentía. Él también. Nadie se atrebía a avanzar.
Bajar en la estación, pasar en la oficina de turismo, subir al acueducto. Turistas. Ella se echa en el regazo de él. Él la acaricia.
Suben, bajan, comen. Otro autobus? Claro! Pero, tanto charlar, concentrados en si mismos, y lo pierden.
De regreso.
La fiesta, las amigas y amigos, la casa. Habitación? Comparten, claro.
Se abrazan, hablan poco, tienen miedo y por el miedo son dominados.
De ahí no pasan.
En la mañana, la almohada estaba llena del pelo de la chica. Los dos están tristes.
No se han vuelto a hablar. El agua no llegó.
sábado, 20 de agosto de 2011
En el cementerio
AO amanhecer a neblina cobria toda a região. Ela ficou esperando que o sol aparecesse, mas, naquele dia, parecia que realmente viria chuva. "Pra combinar com meu coração", pensa a garota.
O céu não abria, pelo contrário.
AS nuvens escuras foram se adensando, e escureciam mais o dia, conforme a neblina se dissipava. "Que raro", pensou ela, enquanto pegava um guarda-chuvas para ir ao trabalho.
DEscendo a rua, o dia foi parecendo noite. Os pássaros pareciam não ter acordado, e era cedo para que mais pessoas estivessem caminhando. As nuvens parecem mais baixas, e nenhum trovão, nenhum vento, anunciam a tempestade.
CAminhando rápido, adentra o bosque, recordando partes da conversa, "Você me traiu..." a voz soava sem raiva, sem forças, sem esperança, só uma dor surda. Não sentia autopiedade. "Mas era outra época, eu era outra pessoa", ele tentava consertar.
AS nuvens baixavam mais, e parecia uma neblina espessa ao nivel do solo. As lágrimas começaram a rolar pelo rosto, lembrando as roupas sendo metidas de qualquer maneira na maleta.
CAminhando mais rápido, ela seguiu pela brancura adentro, sem saber mais para onde estava indo.
O céu não abria, pelo contrário.
AS nuvens escuras foram se adensando, e escureciam mais o dia, conforme a neblina se dissipava. "Que raro", pensou ela, enquanto pegava um guarda-chuvas para ir ao trabalho.
DEscendo a rua, o dia foi parecendo noite. Os pássaros pareciam não ter acordado, e era cedo para que mais pessoas estivessem caminhando. As nuvens parecem mais baixas, e nenhum trovão, nenhum vento, anunciam a tempestade.
CAminhando rápido, adentra o bosque, recordando partes da conversa, "Você me traiu..." a voz soava sem raiva, sem forças, sem esperança, só uma dor surda. Não sentia autopiedade. "Mas era outra época, eu era outra pessoa", ele tentava consertar.
AS nuvens baixavam mais, e parecia uma neblina espessa ao nivel do solo. As lágrimas começaram a rolar pelo rosto, lembrando as roupas sendo metidas de qualquer maneira na maleta.
CAminhando mais rápido, ela seguiu pela brancura adentro, sem saber mais para onde estava indo.
sexta-feira, 22 de julho de 2011
Mujeres cienpiernas
En el principio, eran tres. Organizaban la vida en la tierra, tejian los destinos de las criaturas, purificaban cuando necesario, creaban el olvido y la memoria.
Plantaban amores y odios, daban colores, risas y llanto.
Pero... no creaban vida. La vida ya estaba cuando todas y todos llegaron, y nadie sabía exactamente cómo había surgido.
Las tres estaban felices, sin embargo, querían crear vida. Pusieronse a pensar y estudiar. Cada una de ellas tenía cien piernas, y dos manos. Así que decidieron intentar.
Se quitaron 99 piernas de cada una, y las moldaron, formando cien hombres y cien mujeres. Quedaron 97 pares de piernas, ¿que hacer? Las transformaron en masa cenicienta, y pusieron en casi todas las mujeres y en alguno de los hombres.
Hubo un problema que pasó desapercibido. Las criaturas se multiplicaron, y las tres siguieron más felices todavía por sus creaciones, pero, grabado en la memoria de los y las creadas, estaba el hecho de tener cien piernas.
Algunas personas, hasta hoy tienen esa memoria, nunca quitada de todo por las creadoras. Algunas personas tienen sus docientos zapatos en casa, pensando en usar alternadamente, dos pares por pié, de cada uno de las cien patas que debería tener.
Plantaban amores y odios, daban colores, risas y llanto.
Pero... no creaban vida. La vida ya estaba cuando todas y todos llegaron, y nadie sabía exactamente cómo había surgido.
Las tres estaban felices, sin embargo, querían crear vida. Pusieronse a pensar y estudiar. Cada una de ellas tenía cien piernas, y dos manos. Así que decidieron intentar.
Se quitaron 99 piernas de cada una, y las moldaron, formando cien hombres y cien mujeres. Quedaron 97 pares de piernas, ¿que hacer? Las transformaron en masa cenicienta, y pusieron en casi todas las mujeres y en alguno de los hombres.
Hubo un problema que pasó desapercibido. Las criaturas se multiplicaron, y las tres siguieron más felices todavía por sus creaciones, pero, grabado en la memoria de los y las creadas, estaba el hecho de tener cien piernas.
Algunas personas, hasta hoy tienen esa memoria, nunca quitada de todo por las creadoras. Algunas personas tienen sus docientos zapatos en casa, pensando en usar alternadamente, dos pares por pié, de cada uno de las cien patas que debería tener.
terça-feira, 3 de maio de 2011
Si tu me preguntas por mi pasión
tuc, tuc, tuc, tuc
ella se despierta, sin abrir los ojos, y no puede creer que escucha la lluvia.
abre la cortina, sin mirar todavia, y siente el aire impregnado de ruidos y humedad.
se deja estar desparramada en la cama, recuerda el pelo del chico, tiene ganas de acurrucarse en él. "lluvia en el tejado, Berlanga en la tele..."
el corazón se aprieta. "Que pasa?" se pregunta. Enfin, abre los ojos y se dispone a salir de la cama. Café, té, tostadas, ordenador. Contestar correos. El corazón de nuevo, se manifesta. Un mail pal chico, un video de risa.
la mañana se va rápida. Dos páginas, organizar agenda, leer tonterias. Amigas on line. Comida. Simpsons. Leer. Corazón no le deja concentrarse. Limpieza. "Olvida, tonta, no pasa nada"
"Llamale", "no", "llamale", "no", y la pelea interna sigue. Al final, le llama.
Estava enfermito...
y la lluvia trae alivio, tuc, tuc, tuc, tuc, y el árbol le sonrie en la ventana.
ella se despierta, sin abrir los ojos, y no puede creer que escucha la lluvia.
abre la cortina, sin mirar todavia, y siente el aire impregnado de ruidos y humedad.
se deja estar desparramada en la cama, recuerda el pelo del chico, tiene ganas de acurrucarse en él. "lluvia en el tejado, Berlanga en la tele..."
el corazón se aprieta. "Que pasa?" se pregunta. Enfin, abre los ojos y se dispone a salir de la cama. Café, té, tostadas, ordenador. Contestar correos. El corazón de nuevo, se manifesta. Un mail pal chico, un video de risa.
la mañana se va rápida. Dos páginas, organizar agenda, leer tonterias. Amigas on line. Comida. Simpsons. Leer. Corazón no le deja concentrarse. Limpieza. "Olvida, tonta, no pasa nada"
"Llamale", "no", "llamale", "no", y la pelea interna sigue. Al final, le llama.
Estava enfermito...
y la lluvia trae alivio, tuc, tuc, tuc, tuc, y el árbol le sonrie en la ventana.
sábado, 12 de março de 2011
El mar y la pareja
En una mañana, él salió de casa deseando nunca más volver a verla.
Había sol en las calles, el ruido del mar se hacía silencio cuanto más se alejaba del barrio. "Llega la primavera", piensa.
Los dos vivían en el barrio de pescadores, desde la muerte del abuelo. Una casita pequeña, sin agua, con energía eléctrica precaria, sin radiadores. El invierno había sido terrible, con la casa cerrada, helada, el buen humor de los primeros meses de matrimonio se marchara.
A él le fastidiaba los comentarios que ella hacía, comentarios tontos, en los cuales no paraba de reírse. Él quería hablar de cómo mejorar el mundo, y ella quería arreglar la casa. Él salía para reuniones con amigos, y ella salía en busca de trabajo. Él se emborrachaba con el poco dinero que conseguían, y ella lloraba.
A los dos les gustaba el mar. Los dos se sentían felices por estar cercanos al mar, aunque en tan malas condiciones.
El mar recordaba a él el pelo de ella, largo, de un color entre rubio y castaño. Con una sonrisa tímida, recordó el pelo cayendo por las espaldas, la piel tan blanca, y los gemidos y suspiros cuando hacían el amor.
Mientras el sol desaparecía, él se vuelve hacía tras, camino de casa. Al llegar, un raro olor a flores le esperaba.
Había sol en las calles, el ruido del mar se hacía silencio cuanto más se alejaba del barrio. "Llega la primavera", piensa.
Los dos vivían en el barrio de pescadores, desde la muerte del abuelo. Una casita pequeña, sin agua, con energía eléctrica precaria, sin radiadores. El invierno había sido terrible, con la casa cerrada, helada, el buen humor de los primeros meses de matrimonio se marchara.
A él le fastidiaba los comentarios que ella hacía, comentarios tontos, en los cuales no paraba de reírse. Él quería hablar de cómo mejorar el mundo, y ella quería arreglar la casa. Él salía para reuniones con amigos, y ella salía en busca de trabajo. Él se emborrachaba con el poco dinero que conseguían, y ella lloraba.
A los dos les gustaba el mar. Los dos se sentían felices por estar cercanos al mar, aunque en tan malas condiciones.
El mar recordaba a él el pelo de ella, largo, de un color entre rubio y castaño. Con una sonrisa tímida, recordó el pelo cayendo por las espaldas, la piel tan blanca, y los gemidos y suspiros cuando hacían el amor.
Mientras el sol desaparecía, él se vuelve hacía tras, camino de casa. Al llegar, un raro olor a flores le esperaba.
quinta-feira, 9 de dezembro de 2010
Era para ser un buen día
Era para haber sido un buen día. Él se había despertado temprano, había acompañado el nacer del día, maravillado con los cambios de luz y sombras.
Se fué a la videoteca; sin enfados, atendió a toda la gente que se había presentado. A las 16:00, salió a fotografiar, y la ciudad le parecía medio dormida. "Suele ser asi en Cáceres", le dijera una amiga tiempos antes.
Encontró la foto perfecta: una ventana cerrada, donde se podía ver la flor en el interior, una sombra de otra ventana, y el paisaje exterior refletido. Feliz, fué rápido a tratar e imprimir la foto, poner marcos, y llevar al Centro de Artes.
Ella debía llegar a las 21:00. Era tímida, nunca se anunciaba su llegada. Hablaba poco, escuchaba mucho. Él, queriendo siempre meter los dedos en el pelo tan largo de ella, pensaba en que disculpas tendría para llevarla a pasear por el Centro. Ella sonreía despacio, pero largamente. Ella le gustaba, decidió.
Las horas pasaban, y nada de ella. Él miraba el reloj constantemente, empezando a agobiarse. Cuando el teléfono suena, se sobresalta, pero, no es el número de la mujer que aparece en la pantalla.
"Hola", "Rubén?", "Si... que? QUE??? Hospital? Ahora voy"
El fotógrafo no sabe, pero, la sonrisa que ella llevava ahora ya es una máscara eterna, tras su cuerpo humedecido por el txirmiri y la sangre haber sido removido de la plaza.
Se fué a la videoteca; sin enfados, atendió a toda la gente que se había presentado. A las 16:00, salió a fotografiar, y la ciudad le parecía medio dormida. "Suele ser asi en Cáceres", le dijera una amiga tiempos antes.
Encontró la foto perfecta: una ventana cerrada, donde se podía ver la flor en el interior, una sombra de otra ventana, y el paisaje exterior refletido. Feliz, fué rápido a tratar e imprimir la foto, poner marcos, y llevar al Centro de Artes.
Ella debía llegar a las 21:00. Era tímida, nunca se anunciaba su llegada. Hablaba poco, escuchaba mucho. Él, queriendo siempre meter los dedos en el pelo tan largo de ella, pensaba en que disculpas tendría para llevarla a pasear por el Centro. Ella sonreía despacio, pero largamente. Ella le gustaba, decidió.
Las horas pasaban, y nada de ella. Él miraba el reloj constantemente, empezando a agobiarse. Cuando el teléfono suena, se sobresalta, pero, no es el número de la mujer que aparece en la pantalla.
"Hola", "Rubén?", "Si... que? QUE??? Hospital? Ahora voy"
El fotógrafo no sabe, pero, la sonrisa que ella llevava ahora ya es una máscara eterna, tras su cuerpo humedecido por el txirmiri y la sangre haber sido removido de la plaza.
quarta-feira, 24 de novembro de 2010
De la fragilidad
El corazón late sin ritmo definido. Mira a los lados, evitando mirarlo. Se despide apresuradamente y sale como si fuera aire.
Los sentimientos la dejan mareada, y piensa en muchas cosas al mismo tiempo. Quiere huir, siente dolor, ansiedad y felicidad al mismo tiempo.
“Corre, chica, corre, corre para los brazos de tu amado…” salta en las escaleras rumbo al metro, no por prisa, pero la ansiedad no la deja seguir despacio. Es como si correr en el metro hiciese el tiempo caminar más rápido.
Mañana lo abrazará, mañana las bocas intercambiaran saliva, y podrá sentir el corazón de él latiendo junto al suyo. Mientras espera el metro, cierra los ojos y recuerda la última despedida, recuerdo que le eriza el pelo del cuello. Se sonríe consigo misma, sin darse cuenta del hombre que la observa.
En el metro revive las declaraciones del día anterior. “que no, que no, que no, jo…”, intenta apagar la culpa, la duda de haber hecho bien, un cierto sabor dulce-amargo que lleva.
Echa de menos al chico… llega a alguna idea más clara de que le gustaría tener los brazos de David a le sujetar, y despacio sigue por la estación, para fuera del metro. Despacio, porque mira a las paredes, atenta a los ruidos, perdida en buenos recuerdos de una otra estación de metro, unos besos celosos y ardientes que dos meses antes viviera sin ninguna posibilidad de que no pasara.
Se sonríe y cantarolea bajo.
Se sonríe y cantarolea bajo.
Ahora quiere vivir todo. Sabe que mañana saltará a los brazos de un hombre deseado. Sabe que llegando a casa, va llamar a David. Sabe que, en el tiempo, todo de los buenos sentimientos que tiene puede ser dolor, y eso en nada le importa. "Me importa un pimiento tu pelo!" y se ríe con el recuerdo. Quiere vivir, los amores y los dolores.
El hombre que la miraba se bajara en la misma estación, y sigue muy pegado en ella, que, ensimismada, no ve nada más a su alrededor.
Ella se despierta en la plaza, cuando ya está en un tumulto de policías, gritos y tiros. Sólo siente una mano que le arrastra como un escudo, una leve quemadura en la piel, en la altura de su pecho. Muy despacio aterriza en el suelo, y las voces se quedan distantes. La gente que corre, a ella le parece que anda despacito al redor, y se sonríe.
Cantarolea bajo, tirada en el suelo, hasta que la sangre impide que articule la voz. “Hasta otro día, amado…”, y las gotículas del txirimiri le humedecen el rostro.
quinta-feira, 10 de junho de 2010
32. Sobre Abdul al-Aziz Ben Du'an
Muito cedo na madrugada, ela desperta, sentindo a respiração irregular de Wolf em seu ouvido. Havia dormido muito pouco, mas, tinha que partir.
A proximidade de Wolf, o desejo dele, a fizeram também desejá-lo, mas, "uma pena que já não podemos...", pensa enquanto beija a face do amigo.
Prepara mate e café. Leva a xícara fumegante para Álvaro, que resiste em deixar o rádio amador. Ele a olha interrogativo,
"chegou uma mensagem, pra você..."
Os olhos dela se iluminam...
"que sejam boas notícias!"
"não sei, só diz - 'todo o ministério da crise está bem e atuante' - o que é isso?"
"Bu!", pensa ela, e responde, "uma das equipes... minha família... e...", ela não prossegue, mas, o sorriso não esconde a felicidade com tão pequena nota.
"como precisamos de poco pra ter felicidade, né?", participa Álvaro, sorrindo enquanto sorvia o café.
Abdul al-Aziz Ben Du'an era um palestino, educado e crescido na luta. Para ela, apenas Bu, apelido carinhoso que ele detestava. Ao vê-la, o primeiro pensamento dele havia sido "que linda, pra uma ocidental", mas, o que o havia seduzido era a firmeza da mulher, ainda bastante jovem. A ela, encantou a profundidade do olhar dele, e o sorriso, entre preocupado e divertido.
Conheceram-se em uma tarefa comum, e logo a afinidade política os uniu.
Abdul sabia muito sobre tática e estrategia militar. O fato de ter crescido mudando de lugar em lugar, em um mundo pequeno e poliglota, lhe deu habilidade em aprender línguas, e se divertia com a dificuldade que ela tinha em pronunciar qualquer palavra de seu idioma.
Contribuindo ativamente com a Internacional, especialmente em regiões de conflito deflagrado, Bu viaja muito. Ela, comprometida com sua organização, não o acompanhava.
"eu não tenho a bagagem que você tem para essa tarefa, e não vou ir atrás de ti, se minha organização me necessita..."
Seguiram anos juntos, com as notícias das amantes de Bu não sendo suficientes para arrefecer a paixão dos dois.
Até que ela passou a executar tarefas que exigiam viajar muito mais, e começou a desejar um filho.
Abdul começou a se afastar. A tratava carinhosamente, mas, o medo de que ela engravidasse, como desejava, o fazia evitar o sexo.
Com as viagens frequentes dela, começou a imaginar que poderia estar se encontrando com outros homens, e as críticas ao trabalho dela passaram a ser contínuas e públicas. Mais de uma dúzia de vezes, em corredores ou mesas de bar, tinha visto os olhos dela nublarem com coisas que dizia sobre o trabalho político que ela levava.
Ela olhava o espelho e se perguntava por quê devia suportar aquilo.
Até que ele juntou algumas coisas e partiu. E nunca mais falou com ela.
Agora, mandava a pequena mensagem, que sabia que ela entenderia. Assim, de certa forma, mantinha a distância.
Wolf senta-se ao lado dela, e recebe a cuia de mate. Eles se olham intensamente, de mãos dadas. Álvaro os deixa, compartindo a dor.
A proximidade de Wolf, o desejo dele, a fizeram também desejá-lo, mas, "uma pena que já não podemos...", pensa enquanto beija a face do amigo.
Prepara mate e café. Leva a xícara fumegante para Álvaro, que resiste em deixar o rádio amador. Ele a olha interrogativo,
"chegou uma mensagem, pra você..."
Os olhos dela se iluminam...
"que sejam boas notícias!"
"não sei, só diz - 'todo o ministério da crise está bem e atuante' - o que é isso?"
"Bu!", pensa ela, e responde, "uma das equipes... minha família... e...", ela não prossegue, mas, o sorriso não esconde a felicidade com tão pequena nota.
"como precisamos de poco pra ter felicidade, né?", participa Álvaro, sorrindo enquanto sorvia o café.
Abdul al-Aziz Ben Du'an era um palestino, educado e crescido na luta. Para ela, apenas Bu, apelido carinhoso que ele detestava. Ao vê-la, o primeiro pensamento dele havia sido "que linda, pra uma ocidental", mas, o que o havia seduzido era a firmeza da mulher, ainda bastante jovem. A ela, encantou a profundidade do olhar dele, e o sorriso, entre preocupado e divertido.
Conheceram-se em uma tarefa comum, e logo a afinidade política os uniu.
Abdul sabia muito sobre tática e estrategia militar. O fato de ter crescido mudando de lugar em lugar, em um mundo pequeno e poliglota, lhe deu habilidade em aprender línguas, e se divertia com a dificuldade que ela tinha em pronunciar qualquer palavra de seu idioma.
Contribuindo ativamente com a Internacional, especialmente em regiões de conflito deflagrado, Bu viaja muito. Ela, comprometida com sua organização, não o acompanhava.
"eu não tenho a bagagem que você tem para essa tarefa, e não vou ir atrás de ti, se minha organização me necessita..."
Seguiram anos juntos, com as notícias das amantes de Bu não sendo suficientes para arrefecer a paixão dos dois.
Até que ela passou a executar tarefas que exigiam viajar muito mais, e começou a desejar um filho.
Abdul começou a se afastar. A tratava carinhosamente, mas, o medo de que ela engravidasse, como desejava, o fazia evitar o sexo.
Com as viagens frequentes dela, começou a imaginar que poderia estar se encontrando com outros homens, e as críticas ao trabalho dela passaram a ser contínuas e públicas. Mais de uma dúzia de vezes, em corredores ou mesas de bar, tinha visto os olhos dela nublarem com coisas que dizia sobre o trabalho político que ela levava.
Ela olhava o espelho e se perguntava por quê devia suportar aquilo.
Até que ele juntou algumas coisas e partiu. E nunca mais falou com ela.
Agora, mandava a pequena mensagem, que sabia que ela entenderia. Assim, de certa forma, mantinha a distância.
Wolf senta-se ao lado dela, e recebe a cuia de mate. Eles se olham intensamente, de mãos dadas. Álvaro os deixa, compartindo a dor.
segunda-feira, 7 de junho de 2010
31. De como ainda se pode rir
"Quem seria tolo de dexá endereços por aí?"
"Ninguém esperava que isso tudo explodisse agora, também...", ameniza um.
"Deve ter sido Lenoir...", divaga Clara, "ele sempre foi desligado, relapso...", e ganhando confiança, "aliás, por que a Internacional queria que ele seguisse logo contigo?", e olha para a Mulher.
Uns e outros se olham, estranhando o tom de Clara.
"Porque ele é tradutor?", arrisca alguém.
"Ele é um vendido, isso que é. Por que tá onde tá até hoje? Ele gosta da boa vida, e seria muito capaz de nos vendê pra conservá o que acha que tem... sim, porque aposto como a cabeça dele rola agora, ninguém gosta de traidor", Clara aperta os lábios, e vai pra outra salinha.
A mulher olha o teto, lembrando de Lenoir. Conhecia os defeitos e fraquezas dele, sabia que ele tinha uma ponta de covardia na alma, mas, não era traidor do movimento. E ela tinha asco à covardia... mas...
Ela quebra o silêncio, depois de trocar um olhar entre divertido e magoado com Wolf,
"Gente, a lista que a polícia tem é falsa"
"Como??"
Wolf sorri, ela também, e Wolf continua o relato,
"Nós inventamos essas anotações... um domingo, meio sem o que fazer, resolvemos brincar de inventar pistas falsas pra polícia. Nem imaginávamos que acabaríamos usando"
Um alívio percorre todos e todas. O riso nervoso a princípio, vai se soltando,
"E onde as pistas vão levar eles?"
"Á biblioteca, ao museo e ao cemitério..."
"E como vocês entregaram pra eles?"
"Eu joguei no lixo, quando saí de casa... imaginei que algum agente ia buscá"
As gargalhadas ressoam, misturadas com as dores pelos camaradas perdidos, pelos aprisionados, pela insegurança, e pelo tamanho do desafio que os esperava.
A madrugada avança, e feitos os turnos da guarda, cada qual se acomoda como pode. Ela se estica na manta. Algum tempo depois, Wolf se deita ao seu lado,
"Vou contigo pro norte"
"Não"
"Preciso estar contigo... se for pra morrer, que seja ao teu lado"
"Precisamos de você aqui; você precisa ajudá tirá todo mundo da cadeia, sabe que vão matá eles"
Ela o aconchega no peito, ele a abraça.
Enquanto ela dorme, Wolf permanece insone. Usa o tempo para sentir o cheiro dela, brinca com o cabelo, acaricia o rosto.
E Pedro começa a sentir uma inquietação, enquanto segue montando guarda em casa de Zita.
"Ninguém esperava que isso tudo explodisse agora, também...", ameniza um.
"Deve ter sido Lenoir...", divaga Clara, "ele sempre foi desligado, relapso...", e ganhando confiança, "aliás, por que a Internacional queria que ele seguisse logo contigo?", e olha para a Mulher.
Uns e outros se olham, estranhando o tom de Clara.
"Porque ele é tradutor?", arrisca alguém.
"Ele é um vendido, isso que é. Por que tá onde tá até hoje? Ele gosta da boa vida, e seria muito capaz de nos vendê pra conservá o que acha que tem... sim, porque aposto como a cabeça dele rola agora, ninguém gosta de traidor", Clara aperta os lábios, e vai pra outra salinha.
A mulher olha o teto, lembrando de Lenoir. Conhecia os defeitos e fraquezas dele, sabia que ele tinha uma ponta de covardia na alma, mas, não era traidor do movimento. E ela tinha asco à covardia... mas...
Ela quebra o silêncio, depois de trocar um olhar entre divertido e magoado com Wolf,
"Gente, a lista que a polícia tem é falsa"
"Como??"
Wolf sorri, ela também, e Wolf continua o relato,
"Nós inventamos essas anotações... um domingo, meio sem o que fazer, resolvemos brincar de inventar pistas falsas pra polícia. Nem imaginávamos que acabaríamos usando"
Um alívio percorre todos e todas. O riso nervoso a princípio, vai se soltando,
"E onde as pistas vão levar eles?"
"Á biblioteca, ao museo e ao cemitério..."
"E como vocês entregaram pra eles?"
"Eu joguei no lixo, quando saí de casa... imaginei que algum agente ia buscá"
As gargalhadas ressoam, misturadas com as dores pelos camaradas perdidos, pelos aprisionados, pela insegurança, e pelo tamanho do desafio que os esperava.
A madrugada avança, e feitos os turnos da guarda, cada qual se acomoda como pode. Ela se estica na manta. Algum tempo depois, Wolf se deita ao seu lado,
"Vou contigo pro norte"
"Não"
"Preciso estar contigo... se for pra morrer, que seja ao teu lado"
"Precisamos de você aqui; você precisa ajudá tirá todo mundo da cadeia, sabe que vão matá eles"
Ela o aconchega no peito, ele a abraça.
Enquanto ela dorme, Wolf permanece insone. Usa o tempo para sentir o cheiro dela, brinca com o cabelo, acaricia o rosto.
E Pedro começa a sentir uma inquietação, enquanto segue montando guarda em casa de Zita.
domingo, 6 de junho de 2010
30. De como transcorre o último encontro no porão
"Camaradas, vamos nos concentrar e ser objetivos, que precisamos ser rápidos"
Os que haviam ficado abraçavam os que voltavam ao porão. A mulher segurava a mão de Clara, que tinha os olhos fundos de muitas horas de choro.
"Esperamos Wolf pra a qualquer momento... esperamos que chegue..."
Pela dúvida, começam a discussão com os presentes.
"Encontraram os corpos de Mario e Beatriz, a filhinha deles está desaparecida"
"Em toda parte o deslocamento está cada vez mais difícil... então a Internacional sugere que você", Alvaro aponta a mulher, "tente seguir com tantos quantos for possível para Cuba, até agora tem sido um ponto de honra pra defesa. O que sabemos é que está arrasada, e o exército estadunidense está indo no combate corpo-a-corpo, pela proximidade, não irão detonar armas nucleares alí..."
"Antes, temos que organizar a resistência aqui", contesta a mulher, "não é uma guerra exatamente entre países, eles querem acabar com as organizações de classe. Mas, quero seguir para Cuba assim que seja possível"
Ela quer perguntar se há noticias de Bu, mas, se cala.
A que está na guarda anuncia a chegada de Wolf, e se reinicia a troca de abraços. Ela fica por último, e os dois amigos se abraçam longamente. "Estava preocupada", ela sussurra, "Eu também..."
Wolf faz os informes: John e Guilhermo, Lenoir, a situação na delegacia, e junta os materiais que traz aos que outros já haviam trazido ao porão.
"Que fazemos?"
"Creio que quase todos e todas estamos no máximo risco agora. Talvez Wolf ainda possa se mover..."
"E Márcia"
"Sairmos das grandes cidades, são mais perigosas; devemos tentar organizar a resistencia a partir do campo e das pequenas cidades"
"Nos dividimos e reagrupamos, formamos brigadas nas regiões. Para sair do país não há previsão, é preciso sorte..."
"Eu vou pro norte", diz a mulher. Conhecia a região, e tinha idéia de o que fazer. De aí, tentaria seguir para Cuba, quando encontrasse Lenoir.
Wolf seria o laço exterior, e contataria Marcia. Todos os demais já se sabiam clandestinos. Ela não concorda,
"Sabem que estamos condenando eles...", Wolf lhe dá um sorriso, tentando passar confiança. Mas, tem medo.
Alguns se acomodam para dormir. Ela e outros se põe a um canto com o mapa da cidade, e o desenho que Wolf fez da delegacia. Precisam soltar os companheiros, sabem que não haverá sobreviventes entre os presos.
No primeiro momento da madrugada, chega Cecilia. Parece uma adolescente, mas, já passa dos 30 anos. Ofegante, senta-se, com os olhos muito abertos,
"Estava num bar, perto do Centro de Inteligencia... eles têm uma lista de endereços... ouvi três deles comentando na calçada... eles têm uma lista, que pegaram nas anotações de um dos nossos..."
"Mas, quem seria burro pra anotar endereços? E deixar que eles peguem?"
Ela e Wolf trocam um olhar.
Os que haviam ficado abraçavam os que voltavam ao porão. A mulher segurava a mão de Clara, que tinha os olhos fundos de muitas horas de choro.
"Esperamos Wolf pra a qualquer momento... esperamos que chegue..."
Pela dúvida, começam a discussão com os presentes.
"Encontraram os corpos de Mario e Beatriz, a filhinha deles está desaparecida"
"Em toda parte o deslocamento está cada vez mais difícil... então a Internacional sugere que você", Alvaro aponta a mulher, "tente seguir com tantos quantos for possível para Cuba, até agora tem sido um ponto de honra pra defesa. O que sabemos é que está arrasada, e o exército estadunidense está indo no combate corpo-a-corpo, pela proximidade, não irão detonar armas nucleares alí..."
"Antes, temos que organizar a resistência aqui", contesta a mulher, "não é uma guerra exatamente entre países, eles querem acabar com as organizações de classe. Mas, quero seguir para Cuba assim que seja possível"
Ela quer perguntar se há noticias de Bu, mas, se cala.
A que está na guarda anuncia a chegada de Wolf, e se reinicia a troca de abraços. Ela fica por último, e os dois amigos se abraçam longamente. "Estava preocupada", ela sussurra, "Eu também..."
Wolf faz os informes: John e Guilhermo, Lenoir, a situação na delegacia, e junta os materiais que traz aos que outros já haviam trazido ao porão.
"Que fazemos?"
"Creio que quase todos e todas estamos no máximo risco agora. Talvez Wolf ainda possa se mover..."
"E Márcia"
"Sairmos das grandes cidades, são mais perigosas; devemos tentar organizar a resistencia a partir do campo e das pequenas cidades"
"Nos dividimos e reagrupamos, formamos brigadas nas regiões. Para sair do país não há previsão, é preciso sorte..."
"Eu vou pro norte", diz a mulher. Conhecia a região, e tinha idéia de o que fazer. De aí, tentaria seguir para Cuba, quando encontrasse Lenoir.
Wolf seria o laço exterior, e contataria Marcia. Todos os demais já se sabiam clandestinos. Ela não concorda,
"Sabem que estamos condenando eles...", Wolf lhe dá um sorriso, tentando passar confiança. Mas, tem medo.
Alguns se acomodam para dormir. Ela e outros se põe a um canto com o mapa da cidade, e o desenho que Wolf fez da delegacia. Precisam soltar os companheiros, sabem que não haverá sobreviventes entre os presos.
No primeiro momento da madrugada, chega Cecilia. Parece uma adolescente, mas, já passa dos 30 anos. Ofegante, senta-se, com os olhos muito abertos,
"Estava num bar, perto do Centro de Inteligencia... eles têm uma lista de endereços... ouvi três deles comentando na calçada... eles têm uma lista, que pegaram nas anotações de um dos nossos..."
"Mas, quem seria burro pra anotar endereços? E deixar que eles peguem?"
Ela e Wolf trocam um olhar.
29. Wolf volta ao porão
Wolf sai do quarto, observando se Joana está por alí, não a encontra, e busca alguma saída alternativa à recepção.
Mas, a recepcionista o vê,
"Senhor João Albuquerque?"
Sem mais remédio, ele se volta para a moça.
"O senhor que estava te visitando deixou isso para você", e entrega um pacote.
Wolf agradece, pega o pacote tentando disfarçar a surpresa, e sai.
Na rua, observa o movimento, e vai pegando ruelas e avenidas, até a casa da avó.
A velhinha o abraça, preocupada e aliviada.
"Ele me deixou isso na recepção do hospital..."
"Ele é ele, mas te conhece, e te respeita..."
Abrem o pacote: dinheiro, papéis de identidade, carimbos, documentos falsos com fotos de Wolf, dois spray de pimenta. Wolf se espanta, a avó não.
"Você pode ter escondido muito bem de quase todo mundo. Ele te conhece, meu filho, e ele respeita tua coragem e..."
"E?"
"E teu amor..."
"Como ele sabe?"
"Ele sabe tudo...", a avó sorri, "e quer que você sobreviva, antes que qualquer coisa."
Deixa o neto comendo, e arruma um pacote com todo o dinheito que tem, mais medicamentos de quase todo tipo.
"Lenoir ligou", a avó nota a sombra nos olhos do neto.
"E está bem?"
"Sim, amanhã vou tentar encontrá-lo."
Na entrada da noite, uma velhinha sai do edifício, apoiada numa bengala, empurrando um carrinho de feira, e toma um táxi.
Quando se crê seguro, com um gesto Wolf pede ao taxista que páre, paga sem dizer nada e desembarca. Em um beco, tira o lenço e o vestido da avó, deixa o carrinho de compras, põe o disfarce na mochila e segue, ainda com a bengala, ao porão.
Mas, a recepcionista o vê,
"Senhor João Albuquerque?"
Sem mais remédio, ele se volta para a moça.
"O senhor que estava te visitando deixou isso para você", e entrega um pacote.
Wolf agradece, pega o pacote tentando disfarçar a surpresa, e sai.
Na rua, observa o movimento, e vai pegando ruelas e avenidas, até a casa da avó.
A velhinha o abraça, preocupada e aliviada.
"Ele me deixou isso na recepção do hospital..."
"Ele é ele, mas te conhece, e te respeita..."
Abrem o pacote: dinheiro, papéis de identidade, carimbos, documentos falsos com fotos de Wolf, dois spray de pimenta. Wolf se espanta, a avó não.
"Você pode ter escondido muito bem de quase todo mundo. Ele te conhece, meu filho, e ele respeita tua coragem e..."
"E?"
"E teu amor..."
"Como ele sabe?"
"Ele sabe tudo...", a avó sorri, "e quer que você sobreviva, antes que qualquer coisa."
Deixa o neto comendo, e arruma um pacote com todo o dinheito que tem, mais medicamentos de quase todo tipo.
"Lenoir ligou", a avó nota a sombra nos olhos do neto.
"E está bem?"
"Sim, amanhã vou tentar encontrá-lo."
Na entrada da noite, uma velhinha sai do edifício, apoiada numa bengala, empurrando um carrinho de feira, e toma um táxi.
Quando se crê seguro, com um gesto Wolf pede ao taxista que páre, paga sem dizer nada e desembarca. Em um beco, tira o lenço e o vestido da avó, deixa o carrinho de compras, põe o disfarce na mochila e segue, ainda com a bengala, ao porão.
quinta-feira, 3 de junho de 2010
28. Do encontro de Joana e Javier
Joana ouve o ruído das chaves, e se atira ao pescoço de Javier, mal este adentra o apartamento.
Era a casa dele, onde se encontravam a algum tempo.
Javier era da equipe de Pedro, e quando os pedidos de grampos telefônicos e pessoal para campana eram negados, eles tomaram pessoalmente o aumento de trabalho. Os dois sabiam que Wolf, de alguma forma, estava implicado em algo. O único indício que tinham eram os encontros deste com a mulher.
O agente decidiu por conta chegar a Wolf através de Joana. Explorou suas carências, as cegueiras de Wolf, a conquistou e a fez sua amante. Com a excusa de que ela desabafe de seu casamento infeliz, passava muito tempo ouvindo sobre Wolf, o que fazia, seu cotidiano, e ela se viu pesquisando sobre o marido, descobrindo que investigações levada, que aulas dava, enfim, começou, sem perceber, a relatar tudo sobre Wolf.
Quando passou tempo para aplacar suas iras sobre Wolf, passou a atentar-se a Javier. Descobriu quem era, e isso não a afastou. Depois de uns meses distanciados pelas mentiras descobertas, Joana o procurou, e retomaram o romance em outro patamar. Agora, ela era informante extra-oficial, sentia-se importante, e a cada dia acumulava mais raiva de Wolf.
Pedro desaprovava o comportamento do colega. Preferia pôr um grampo na casa, do que enrolar-se com a mulher. Apenas com algumas conversas casuais e acompanhando o dia-a-dia, já tinha problemas suficientes com a 'sua' mulher. Também achava que era menos 'digna' a forma como Javier levava a coisa.
Nesse fim de tarde, Joana queria estar novamente nos braços de Javier, e o bilhete da mulher para Wolf foi quase uma desculpa para atraí-lo.
Enquanto descansavam, ela retoma o assunto,
"que vai fazer? não vai machucar wolf, né?"
"não, não se preocupe."
"mas, queria que vocês fizessem algo... com ela"
"a hora dela vai chegar, você não se preocupe"
Javier se vira de lado e dorme. Joana sonha acordada com o momento em que olharia os olhos de Wolf, e leh daria alguma "boa" notícia.
Era a casa dele, onde se encontravam a algum tempo.
Javier era da equipe de Pedro, e quando os pedidos de grampos telefônicos e pessoal para campana eram negados, eles tomaram pessoalmente o aumento de trabalho. Os dois sabiam que Wolf, de alguma forma, estava implicado em algo. O único indício que tinham eram os encontros deste com a mulher.
O agente decidiu por conta chegar a Wolf através de Joana. Explorou suas carências, as cegueiras de Wolf, a conquistou e a fez sua amante. Com a excusa de que ela desabafe de seu casamento infeliz, passava muito tempo ouvindo sobre Wolf, o que fazia, seu cotidiano, e ela se viu pesquisando sobre o marido, descobrindo que investigações levada, que aulas dava, enfim, começou, sem perceber, a relatar tudo sobre Wolf.
Quando passou tempo para aplacar suas iras sobre Wolf, passou a atentar-se a Javier. Descobriu quem era, e isso não a afastou. Depois de uns meses distanciados pelas mentiras descobertas, Joana o procurou, e retomaram o romance em outro patamar. Agora, ela era informante extra-oficial, sentia-se importante, e a cada dia acumulava mais raiva de Wolf.
Pedro desaprovava o comportamento do colega. Preferia pôr um grampo na casa, do que enrolar-se com a mulher. Apenas com algumas conversas casuais e acompanhando o dia-a-dia, já tinha problemas suficientes com a 'sua' mulher. Também achava que era menos 'digna' a forma como Javier levava a coisa.
Nesse fim de tarde, Joana queria estar novamente nos braços de Javier, e o bilhete da mulher para Wolf foi quase uma desculpa para atraí-lo.
Enquanto descansavam, ela retoma o assunto,
"que vai fazer? não vai machucar wolf, né?"
"não, não se preocupe."
"mas, queria que vocês fizessem algo... com ela"
"a hora dela vai chegar, você não se preocupe"
Javier se vira de lado e dorme. Joana sonha acordada com o momento em que olharia os olhos de Wolf, e leh daria alguma "boa" notícia.
quarta-feira, 2 de junho de 2010
27. Da utilizade dos telhados
Dormira poucas horas, mas, as preocupações a despertaram pronto. Banho, café, noticiário. Se veste e parte pra curtir seu último dia.
Gasta pouco, economizando as moedas. Passa no museo, não necessariamente pelas obras, mas, pelas lembranças de outros dias. Passa na biblioteca, onde tem um débito, e caminha vagarosamente entre as estantes; apenas uma bibliotecária estava trabalhando.
"E os outros?"
"Nos deixaram ponto facultativo hoje... acho que logo vão fechar as biblioteca..."
Pára em frente aos tomos de Michel Zevaco. Corre os dedos pela lombada dos livros, conservando o carinho infantil, "gracias", pensa, uma lágrima insiste e corre pelo rosto. Ela seca, sorridente, feliz por ter tido bibliotecas públicas em sua história.
A bibliotecária vai falar com a única pessoa que entrara na biblioteca durante o dia.
"Se você quiser levar alguma coisa hoje, pode levar, eu não registro, depois você traz..."
"Obrigada, quero sim."
Escolhe "Deuses Americanos", de Neil Gaiman. Já o havia lido, mas, era um símbolo de um período feliz em sua vida; e sabia que dificilmente iria devolver à biblioteca. Essa possibilidade a faz trocar de livro, não pode estar carregando esse... tira da estante "Fumaça e Espelhos", a bibliotecária assente, e ela sai, algo contente, apertando o livro no peito.
Volta pra casa de Zita, e espera. Escreve cartas, pensa nas pessoas amadas, toma café. Faz anotações "prá lembrar", como dizia.
Zita chega. Preparam comida, arrumam uma sacola.
"viu o agente?"
"não vi... tava onde?"
"tentando ficar na sombra... lá na frente. Fique atenta, pode ter mais"
"teve notícias?"
"Wolf está a salvo... e só"
Comem em silêncio. Sofrem cada uma à sua maneira.
"eu só precisava saber se estão vivos..."
Se abraçam, há muito que dizer, mas, faltam palavras.
"promete que vai sair daqui?"
"não"
"você sabe que virão atrás de ti"
"não tem problema", Zita tenta sorrir confiante, escondendo o medo.
"minha irmã, obrigada por tudo. Te amo. Quem sabe tomamos uma cerveja daqui uns dias, já no processo socialista?"
"vai em paz, filha, também amo você."
Zita olha a mulher saltando a janela, caminhando sobre o telhado vizinho. Esperava que as estruturas estivessem iguais aos dias em que a mulher e Marcia andavam por alí, brincando e testando as saídas da 'basezita'.
Gasta pouco, economizando as moedas. Passa no museo, não necessariamente pelas obras, mas, pelas lembranças de outros dias. Passa na biblioteca, onde tem um débito, e caminha vagarosamente entre as estantes; apenas uma bibliotecária estava trabalhando.
"E os outros?"
"Nos deixaram ponto facultativo hoje... acho que logo vão fechar as biblioteca..."
Pára em frente aos tomos de Michel Zevaco. Corre os dedos pela lombada dos livros, conservando o carinho infantil, "gracias", pensa, uma lágrima insiste e corre pelo rosto. Ela seca, sorridente, feliz por ter tido bibliotecas públicas em sua história.
A bibliotecária vai falar com a única pessoa que entrara na biblioteca durante o dia.
"Se você quiser levar alguma coisa hoje, pode levar, eu não registro, depois você traz..."
"Obrigada, quero sim."
Escolhe "Deuses Americanos", de Neil Gaiman. Já o havia lido, mas, era um símbolo de um período feliz em sua vida; e sabia que dificilmente iria devolver à biblioteca. Essa possibilidade a faz trocar de livro, não pode estar carregando esse... tira da estante "Fumaça e Espelhos", a bibliotecária assente, e ela sai, algo contente, apertando o livro no peito.
Volta pra casa de Zita, e espera. Escreve cartas, pensa nas pessoas amadas, toma café. Faz anotações "prá lembrar", como dizia.
Zita chega. Preparam comida, arrumam uma sacola.
"viu o agente?"
"não vi... tava onde?"
"tentando ficar na sombra... lá na frente. Fique atenta, pode ter mais"
"teve notícias?"
"Wolf está a salvo... e só"
Comem em silêncio. Sofrem cada uma à sua maneira.
"eu só precisava saber se estão vivos..."
Se abraçam, há muito que dizer, mas, faltam palavras.
"promete que vai sair daqui?"
"não"
"você sabe que virão atrás de ti"
"não tem problema", Zita tenta sorrir confiante, escondendo o medo.
"minha irmã, obrigada por tudo. Te amo. Quem sabe tomamos uma cerveja daqui uns dias, já no processo socialista?"
"vai em paz, filha, também amo você."
Zita olha a mulher saltando a janela, caminhando sobre o telhado vizinho. Esperava que as estruturas estivessem iguais aos dias em que a mulher e Marcia andavam por alí, brincando e testando as saídas da 'basezita'.
terça-feira, 1 de junho de 2010
26. Sobre como Marcia recupera Tornado
Marcia não saíra de casa. Devia ter ido ao trabalho pela tarde, e então já tinha chegado a noticia da declaração da guerra.
Era secretária em uma grande empresa, e tentava ajudar no que era possível. Conhecera o grupo através de Guilhermo, com quem mantinha uma relação amorosa supostamente secreta, mas da qual praticamente todos e todas sabiam.
Não tinha nenhum apreço especial pelo trabalho que fazia, mas, sabia que dependiam dele para sobreviver. Claro que preferia viver como seu amante, de reunião em reunião, organizando gente, lendo, com liberdade intelectual, entre companheiros e sem chefe. Mas, a sobrevivencia apresenta contas, e ela pagava não só as próprias, nem só as de Guilhermo - as vezes pagava também contas de outras pessoas das organizações sociais.
Nem todos confiavam nela. "burguesinha, não qué dexá essa vida...", dizia alguém; mas, quando faltava o pagamento da gráfica, da passagem, da comida, ela era das primeiras a ser procurada para contribuir.
"Faz um galope por mim", essa tinha sido a frase do início da amizade entre elas, as duas eram apaixonadas por cavalos, e Marcia tinha a oportunidade de praticar equitação com certa frequência, coisa que a mulher não podia. Começaram trocando histórias de cavalgadas, e seguiram, até confiarem totalmente uma na outra, trocando segredos em casa de Zita. Por brincadeira, começaram a chamar o lugar de 'basezita', pequena base.
Uma ajudava a fazer bons documentos, traduzia. Outra ajudava a formação política. As três queriam a felicidade, fosse como fosse.
Tinha passado o dia pensando no que fazer. Manter a vida como se nada estivesse acontecendo? As brigas com Guilhermo, que não queria que ela se aproximasse mais da organização. As conversas com a mulher e com Zita, sobre as tarefas que podia desenvolver.
Um dia depois de tudo ter começado, sem notícias de Guilhermo, enfim, chega um recado. A ligação de Zita, o bilhete do menino. O endereço ela conhecia, e já imagina o que é.
Veste uma roupa velha, pega o carro, se dirige ao haras abandonado, onde estava Tornado.
Olha os cavalos, não estão bem, mas, é o que há. Escolhe quatro, mais Tornado, que se destaca pela saúde, passa uma corda em cada um, monta no cavalo da mulher, e sai no meio da tarde, deixando atrás de si o lugar ermo.
Alguns vizinhos olham a tropinha que segue. Ela escolhe a rota, um caminho asfaltado, e lá se vão os cinco cavalos, toctoctoc, caminhando devagar.
Depois de três horas, chegam ao destino, ao norte. Ela apeia, abraça o velho Pepe, dono do sítio, entrega Tornado e mais três, explicando as orientações que tinha recebido. Deixar os cavalos que a mulher e mais alguém virão buscar.
Pepe serve queijo e suco, ela come, monta do cavalo que tinha separado pra volta, e escolhe um caminho de terra; a todo galope, volta onde tinha deixado o carro.
"pronto, índia véia, tudo pronto"
Era secretária em uma grande empresa, e tentava ajudar no que era possível. Conhecera o grupo através de Guilhermo, com quem mantinha uma relação amorosa supostamente secreta, mas da qual praticamente todos e todas sabiam.
Não tinha nenhum apreço especial pelo trabalho que fazia, mas, sabia que dependiam dele para sobreviver. Claro que preferia viver como seu amante, de reunião em reunião, organizando gente, lendo, com liberdade intelectual, entre companheiros e sem chefe. Mas, a sobrevivencia apresenta contas, e ela pagava não só as próprias, nem só as de Guilhermo - as vezes pagava também contas de outras pessoas das organizações sociais.
Nem todos confiavam nela. "burguesinha, não qué dexá essa vida...", dizia alguém; mas, quando faltava o pagamento da gráfica, da passagem, da comida, ela era das primeiras a ser procurada para contribuir.
"Faz um galope por mim", essa tinha sido a frase do início da amizade entre elas, as duas eram apaixonadas por cavalos, e Marcia tinha a oportunidade de praticar equitação com certa frequência, coisa que a mulher não podia. Começaram trocando histórias de cavalgadas, e seguiram, até confiarem totalmente uma na outra, trocando segredos em casa de Zita. Por brincadeira, começaram a chamar o lugar de 'basezita', pequena base.
Uma ajudava a fazer bons documentos, traduzia. Outra ajudava a formação política. As três queriam a felicidade, fosse como fosse.
Tinha passado o dia pensando no que fazer. Manter a vida como se nada estivesse acontecendo? As brigas com Guilhermo, que não queria que ela se aproximasse mais da organização. As conversas com a mulher e com Zita, sobre as tarefas que podia desenvolver.
Um dia depois de tudo ter começado, sem notícias de Guilhermo, enfim, chega um recado. A ligação de Zita, o bilhete do menino. O endereço ela conhecia, e já imagina o que é.
Veste uma roupa velha, pega o carro, se dirige ao haras abandonado, onde estava Tornado.
Olha os cavalos, não estão bem, mas, é o que há. Escolhe quatro, mais Tornado, que se destaca pela saúde, passa uma corda em cada um, monta no cavalo da mulher, e sai no meio da tarde, deixando atrás de si o lugar ermo.
Alguns vizinhos olham a tropinha que segue. Ela escolhe a rota, um caminho asfaltado, e lá se vão os cinco cavalos, toctoctoc, caminhando devagar.
Depois de três horas, chegam ao destino, ao norte. Ela apeia, abraça o velho Pepe, dono do sítio, entrega Tornado e mais três, explicando as orientações que tinha recebido. Deixar os cavalos que a mulher e mais alguém virão buscar.
Pepe serve queijo e suco, ela come, monta do cavalo que tinha separado pra volta, e escolhe um caminho de terra; a todo galope, volta onde tinha deixado o carro.
"pronto, índia véia, tudo pronto"
25. Os outros
O menino, o mais suavemente que pode, pergunta na recepção pelo senhor João Wolfgang Cavalcanti Abulquerque dos Santos. A recepcionista o olha entre desconfiada e divertida,
"o que você é dele?"
"sou amigo..."
"ele não pode receber visitas"
"você pode entregar uma carta pra ele então?"
Ela se rende à diversão, que gracioso o menino.
"posso"
Joana lê o bilhete detidamente, dez vezes. A raiva toma conta, e o faz pedaços. Observa a respiração irregular de Wolf, sente ímpetos de sufocá-lo.
"comunistinha do diabo..."
O bilhete era curto e aparentemente pouco esclarecedor.
"Chaval, td ok. T esperamos, atentxs. Se pt 1 no, mesm batlocal jornadas, mesm hr. TQ."
A única conclusão que Joana chegou era certa, sabia que ela havia escrito. Só ela chamava Wolf de chaval e outras variantes carinhosas, que no começo irritava, e depois passou a ser um ponto de união dos dois.
"vou te machucar, Wolf, vai doer pra você...", e ela aperta os dentes. Wolf abre os olhos.
"o que você fazia na rua aquela hora? onde você ficou esse tempo todo?" ele a olha, parece confuso, e fecha os olhos.
A porta se abre, e entra o avô. Joana o cumprimenta e atende o pedido para que saia. No corredor, liga para Javier, imaginando como atingir Wolf.
"preciso te encontrar"
"tô trabalhando"
"é urgente. Ela escreveu"
"o quê?"
"pra eles se encontrarem no ponto 1, ou no mesmo batlocal jornadas... sabe o que é isso?"
"acho que batlocal é o parque... e o que mais?"
"só. Mas, quero te ver"
"tá bom, em uma hora"
Joana sai do hospital. Javier sai do escritorio da Inteligencia.
"o que você é dele?"
"sou amigo..."
"ele não pode receber visitas"
"você pode entregar uma carta pra ele então?"
Ela se rende à diversão, que gracioso o menino.
"posso"
Joana lê o bilhete detidamente, dez vezes. A raiva toma conta, e o faz pedaços. Observa a respiração irregular de Wolf, sente ímpetos de sufocá-lo.
"comunistinha do diabo..."
O bilhete era curto e aparentemente pouco esclarecedor.
"Chaval, td ok. T esperamos, atentxs. Se pt 1 no, mesm batlocal jornadas, mesm hr. TQ."
A única conclusão que Joana chegou era certa, sabia que ela havia escrito. Só ela chamava Wolf de chaval e outras variantes carinhosas, que no começo irritava, e depois passou a ser um ponto de união dos dois.
"vou te machucar, Wolf, vai doer pra você...", e ela aperta os dentes. Wolf abre os olhos.
"o que você fazia na rua aquela hora? onde você ficou esse tempo todo?" ele a olha, parece confuso, e fecha os olhos.
A porta se abre, e entra o avô. Joana o cumprimenta e atende o pedido para que saia. No corredor, liga para Javier, imaginando como atingir Wolf.
"preciso te encontrar"
"tô trabalhando"
"é urgente. Ela escreveu"
"o quê?"
"pra eles se encontrarem no ponto 1, ou no mesmo batlocal jornadas... sabe o que é isso?"
"acho que batlocal é o parque... e o que mais?"
"só. Mas, quero te ver"
"tá bom, em uma hora"
Joana sai do hospital. Javier sai do escritorio da Inteligencia.
segunda-feira, 31 de maio de 2010
24. De como Lenoir retoma contato Wolf
Acorda assustado, cheio de dores, com o tornozelo inchado e com fome. O sol queimava, e o relógio indicava quase meia tarde.
"que merda fui fazer...", começa a se arrepender da impulsividade com que agira. Tanto tempo levara pensando em como fazer isso, e agora se sentia só e meio desesperado.
"que merda, sair assim e agora posso morrer de sede e inanição"
Levanta-se com apoio do cajado improvisado, caminha por uma hora, e a respiração fica difícil, com a garganta seca. Consegue chegar a uma estrada, e caminha mais lentamente. Mais meia hora, e aponta uma carroça, que pára sem mais, Lenoir se atira dentro dela sem perguntas.
O condutor lhe oferece água, e olha o pé machucado, "tem tratar isso, moço". "Isso é óbvio", pensa Lenoir, e em voz alta, "sim, assim que chegar na próxima cidade... qual é a próxima cidade?".
O carroceiro o olha com desconfiança. Mas, acima de tudo, ajudar o pobre, tão sujo e com um aspecto tão deplorável. "vamos pra minha casa, você pode comer e tomar um banho". O viajante agradece, se recolhe em pensamentos, desejando encontrar também um telefone em funcionamento.
Tem sorte. Desce da carroça com a ajuda do homem, e ao ver o aparelho na sala, pede para usar. Querendo se livrar do imprevisto hóspede, o dono da casa assente imediantamente.
O telefone dela, mudo. "Querida...", como queria ouvir a voz dela. O número dois em importância, John; também mudo. O número três, Wolf, o atende pronto. Tentam se entender por meio de senhas, um pouco complicado, mas, ao final fica entendido que Wolf tentará chegar onde o outro está até o dia seguinte.
"quer que chame um médico?"
"não tenho dinheiro"
"então toma esse remédio, é pra dor, pelo menos ajuda"
"se puder passar a noite aqui, amanhã um amigo vem me buscar"
"te levo pra cidade, e te deixo num hotel. Com essa guerra..."
Lenoir entende o medo do camponês. Fica contente com a ajuda, agradece, e depois de banho tomado e jantar, recebe um pacote de alimentos e os dois seguem de carroça pra cidade. O automóvel fica estacionado, "economizar gasolina, com a guerra..." explica o sábio camponês.
"que merda fui fazer...", começa a se arrepender da impulsividade com que agira. Tanto tempo levara pensando em como fazer isso, e agora se sentia só e meio desesperado.
"que merda, sair assim e agora posso morrer de sede e inanição"
Levanta-se com apoio do cajado improvisado, caminha por uma hora, e a respiração fica difícil, com a garganta seca. Consegue chegar a uma estrada, e caminha mais lentamente. Mais meia hora, e aponta uma carroça, que pára sem mais, Lenoir se atira dentro dela sem perguntas.
O condutor lhe oferece água, e olha o pé machucado, "tem tratar isso, moço". "Isso é óbvio", pensa Lenoir, e em voz alta, "sim, assim que chegar na próxima cidade... qual é a próxima cidade?".
O carroceiro o olha com desconfiança. Mas, acima de tudo, ajudar o pobre, tão sujo e com um aspecto tão deplorável. "vamos pra minha casa, você pode comer e tomar um banho". O viajante agradece, se recolhe em pensamentos, desejando encontrar também um telefone em funcionamento.
Tem sorte. Desce da carroça com a ajuda do homem, e ao ver o aparelho na sala, pede para usar. Querendo se livrar do imprevisto hóspede, o dono da casa assente imediantamente.
O telefone dela, mudo. "Querida...", como queria ouvir a voz dela. O número dois em importância, John; também mudo. O número três, Wolf, o atende pronto. Tentam se entender por meio de senhas, um pouco complicado, mas, ao final fica entendido que Wolf tentará chegar onde o outro está até o dia seguinte.
"quer que chame um médico?"
"não tenho dinheiro"
"então toma esse remédio, é pra dor, pelo menos ajuda"
"se puder passar a noite aqui, amanhã um amigo vem me buscar"
"te levo pra cidade, e te deixo num hotel. Com essa guerra..."
Lenoir entende o medo do camponês. Fica contente com a ajuda, agradece, e depois de banho tomado e jantar, recebe um pacote de alimentos e os dois seguem de carroça pra cidade. O automóvel fica estacionado, "economizar gasolina, com a guerra..." explica o sábio camponês.
23. Sobre as tarefas de Zita
Deixando a amiga dormir, Zita revê a lista de coisas a arrumar: leite condensado, carimbos, roupas, perucas, plástico, cola, estiletes, mimeógrafo,...
Sai cedo, faz a feira, disfarçadamente entrega um bilhete a um menino; vai ao consultório médico de sempre, enquanto a atendente verifica se há horários, pede licença e usa o telefone do consultório.
"Oi, sou eu. Você vai receber o endereço. Segue pra lá e leva o pacote pro segundo ponto marcado."
Desliga, agradece a atendente, deixando uma consulta marcada pra 30 dias.
A idade fazia de Zita a segurança em pessoa. Quase chegando aos setenta anos, tinha conhecido a mulher em uma festa de bairro. A amizade nasceu por caminhos difíceis, pois a personalidade forte das duas as fazia digladiarem constantemente. Disso nasceu um respeito mútuo, que se enraizou na sinceridade e na afinidade política.
Zita não era uma militante do cotidiano; aposentada, vivia de orientar leituras aos mais jovens, e muitas vezes acolhia a mulher quanto esta mergulhava em dias tristes. A mais jovem chegava, colocava Orishas no toca-CD, deitava-se no sofá com uma lata de leite condensado, e as vezes contava histórias, outras vezes ouvia as histórias.
Foi assim que Zita soube de Bu, de Lenoir, de Wolf; foi em dias assim que as duas construíram teorias sobre o porvir, e acharam que deviam ir se preparando para uma ofensiva da direita.
A mulher ouviu e aprendeu da vida de Zita. Os amores, as dores, os equívocos, as culpas, os desejos de morte e de vida, e admirava como a avó levava a vida cheia de jovialidade, sem medo do fim.
Zita não tinha filhos, um acidente a havia deixado estéril muito jovem; com isso, deixou o amor de sua vida livre para escolher ficar com ela ou não; cheia de dores, viu seu amor partir chorando por perdê-la, e quando o chamou de volta soube que ele realmente queria estar livre dela. Ele a culpou pelo fim da relação, e nunca mais se falaram.
Desde então ela se apegara aos livros. Teve amantes casuais, feriu e foi ferida, e nunca mais recuperou aquele tipo de felicidade. Conhecer a mulher que agora acolhia como filha fôra um alento. Sofriam juntas, brigavam riam, compartiam a vida dentro do possível.
A abuela chorava ainda seu amor perdido, mas, tinha convicção política como poucos. A clareza da conjuntura fizera dela uma destacada conselheira, e a experiência de vida a fazia uma estrategista como poucos.
Tempos antes as duas tinham planejado esse dia. A senha. As ações. As saídas. Até agora, tudo caminhava relativamente dentro do conforme. Menos a prisão de Wolf.
Depois de feitas as compras, Zita partiu em busca de onde estaria Wolf, descobrindo com relativa facilidade, voltou á feira e entregou outro bilhete a outro menino, com indicação do hospital e de como proceder.
Voltando a casa, observa disfarçadamente o policial que vigia, esbarra com ele e reclama da artrite, dando-lhe um simpático sorriso.
Sai cedo, faz a feira, disfarçadamente entrega um bilhete a um menino; vai ao consultório médico de sempre, enquanto a atendente verifica se há horários, pede licença e usa o telefone do consultório.
"Oi, sou eu. Você vai receber o endereço. Segue pra lá e leva o pacote pro segundo ponto marcado."
Desliga, agradece a atendente, deixando uma consulta marcada pra 30 dias.
A idade fazia de Zita a segurança em pessoa. Quase chegando aos setenta anos, tinha conhecido a mulher em uma festa de bairro. A amizade nasceu por caminhos difíceis, pois a personalidade forte das duas as fazia digladiarem constantemente. Disso nasceu um respeito mútuo, que se enraizou na sinceridade e na afinidade política.
Zita não era uma militante do cotidiano; aposentada, vivia de orientar leituras aos mais jovens, e muitas vezes acolhia a mulher quanto esta mergulhava em dias tristes. A mais jovem chegava, colocava Orishas no toca-CD, deitava-se no sofá com uma lata de leite condensado, e as vezes contava histórias, outras vezes ouvia as histórias.
Foi assim que Zita soube de Bu, de Lenoir, de Wolf; foi em dias assim que as duas construíram teorias sobre o porvir, e acharam que deviam ir se preparando para uma ofensiva da direita.
A mulher ouviu e aprendeu da vida de Zita. Os amores, as dores, os equívocos, as culpas, os desejos de morte e de vida, e admirava como a avó levava a vida cheia de jovialidade, sem medo do fim.
Zita não tinha filhos, um acidente a havia deixado estéril muito jovem; com isso, deixou o amor de sua vida livre para escolher ficar com ela ou não; cheia de dores, viu seu amor partir chorando por perdê-la, e quando o chamou de volta soube que ele realmente queria estar livre dela. Ele a culpou pelo fim da relação, e nunca mais se falaram.
Desde então ela se apegara aos livros. Teve amantes casuais, feriu e foi ferida, e nunca mais recuperou aquele tipo de felicidade. Conhecer a mulher que agora acolhia como filha fôra um alento. Sofriam juntas, brigavam riam, compartiam a vida dentro do possível.
A abuela chorava ainda seu amor perdido, mas, tinha convicção política como poucos. A clareza da conjuntura fizera dela uma destacada conselheira, e a experiência de vida a fazia uma estrategista como poucos.
Tempos antes as duas tinham planejado esse dia. A senha. As ações. As saídas. Até agora, tudo caminhava relativamente dentro do conforme. Menos a prisão de Wolf.
Depois de feitas as compras, Zita partiu em busca de onde estaria Wolf, descobrindo com relativa facilidade, voltou á feira e entregou outro bilhete a outro menino, com indicação do hospital e de como proceder.
Voltando a casa, observa disfarçadamente o policial que vigia, esbarra com ele e reclama da artrite, dando-lhe um simpático sorriso.
quarta-feira, 26 de maio de 2010
22. Do descanso de Pedro
Deixando os turnos de vigilância da casa de Zita organizados, Pedro já tinha distribuído dois grupos para verificarem os endereços tirados das anotações dela, e agora podia deixar-se estar em casa.
Não dormia a mais de quarenta e oito horas, e a adrenalina já não era reposta. Olhou-se no espelho, tentando recordar as horas depois da declaração da guerra. Tropas de deslocando, refugiados em toda parte, e ele perdendo e recuperando ‘sua’ mulher.
Está feliz por a ter novamente baixo vigilância. Ela era chave para completar o quadro de vermelhos na região.
Ademais, havia a Legião Estrangeira. Ele tivera acesso ao manifesto da Legião meses antes, e era claramente comunista. Ela tinha ajudado a escrever o manifesto, disso tinha certeza. Todavia, não lograra avançar nas investigações nessa direção. A indecisão sobre o papel de Lenoir, o mapa dos membros ativos das organizações vermelhas, lhe haviam tomado o maior tempo. O resultado eram as várias prisões de primeira hora.
No processo de vigiá-la, ele tivera êxito além do esperado, e conseguira promoções a muito desejadas. Sabia de cor e salteado a ofensiva que o governo lançara contra as organizações populares, e tinha intuído que era só a preparação do caminho da guerra.
Deitado na cama, a imagem dela lhe incomoda. Não era bonita, mas... era forte. Tinha o rosto marcado, alguns vincos se aprofundavam, denunciando, muito mais que a idade, os anos de maus tratos. Tinha um cabelo longo, sempre despenteado, quando muito preso num rabo-de-cavalo. Apesar da idade, tinha as pernas fortes, e adorava vê-la subindo escadas, aos saltos, como se voasse.
Ele tinha reconstruído a biografia dela. Sabia das surras que ela tinha levado e das que tinha dado. Sabia das cicatrizes que a marcavam, que faziam a pele imperfeita.
Com o tempo, começara a respeitá-la. Tinha uma inteligência peculiar, era briguenta, fazia amigos e inimigos quase ao mesmo tempo, era teimosa e convicta. Isso não encaixava...
No sonho, os dois se encontravam, num lugar estranho, que parecia uma barriga de baleia.
Despertou com o rádio dando notícias. O sol já estava se pondo. Banho, barba, arma, distintivo.
Segue pra delegacia, recebe a descompostura do chefe pelo problema com Wolf, agradece mentalmente a situação de guerra, que faz a importância das coisas ser relativa, e toma os relatos da guarda da casa de Zita.
A mulher saíra pela tarde. Comprara alguma coisa sem importância, passeara pelo museu, passara na biblioteca central, sacara pouco dinheiro. Nada importante.
Pedro segue para o posto de guarda. Chama o agente que está na campana.
“Quanto tempo de inatividade?”
“Duas horas, senhor”
“Vá pra casa”
Assume a vigilância. Imagina quando ela irá sair, se irá buscar Tornado, se irá encontrar Lenoir... “onde tá esse maldito?”
Não dormia a mais de quarenta e oito horas, e a adrenalina já não era reposta. Olhou-se no espelho, tentando recordar as horas depois da declaração da guerra. Tropas de deslocando, refugiados em toda parte, e ele perdendo e recuperando ‘sua’ mulher.
Está feliz por a ter novamente baixo vigilância. Ela era chave para completar o quadro de vermelhos na região.
Ademais, havia a Legião Estrangeira. Ele tivera acesso ao manifesto da Legião meses antes, e era claramente comunista. Ela tinha ajudado a escrever o manifesto, disso tinha certeza. Todavia, não lograra avançar nas investigações nessa direção. A indecisão sobre o papel de Lenoir, o mapa dos membros ativos das organizações vermelhas, lhe haviam tomado o maior tempo. O resultado eram as várias prisões de primeira hora.
No processo de vigiá-la, ele tivera êxito além do esperado, e conseguira promoções a muito desejadas. Sabia de cor e salteado a ofensiva que o governo lançara contra as organizações populares, e tinha intuído que era só a preparação do caminho da guerra.
Deitado na cama, a imagem dela lhe incomoda. Não era bonita, mas... era forte. Tinha o rosto marcado, alguns vincos se aprofundavam, denunciando, muito mais que a idade, os anos de maus tratos. Tinha um cabelo longo, sempre despenteado, quando muito preso num rabo-de-cavalo. Apesar da idade, tinha as pernas fortes, e adorava vê-la subindo escadas, aos saltos, como se voasse.
Ele tinha reconstruído a biografia dela. Sabia das surras que ela tinha levado e das que tinha dado. Sabia das cicatrizes que a marcavam, que faziam a pele imperfeita.
Com o tempo, começara a respeitá-la. Tinha uma inteligência peculiar, era briguenta, fazia amigos e inimigos quase ao mesmo tempo, era teimosa e convicta. Isso não encaixava...
No sonho, os dois se encontravam, num lugar estranho, que parecia uma barriga de baleia.
Despertou com o rádio dando notícias. O sol já estava se pondo. Banho, barba, arma, distintivo.
Segue pra delegacia, recebe a descompostura do chefe pelo problema com Wolf, agradece mentalmente a situação de guerra, que faz a importância das coisas ser relativa, e toma os relatos da guarda da casa de Zita.
A mulher saíra pela tarde. Comprara alguma coisa sem importância, passeara pelo museu, passara na biblioteca central, sacara pouco dinheiro. Nada importante.
Pedro segue para o posto de guarda. Chama o agente que está na campana.
“Quanto tempo de inatividade?”
“Duas horas, senhor”
“Vá pra casa”
Assume a vigilância. Imagina quando ela irá sair, se irá buscar Tornado, se irá encontrar Lenoir... “onde tá esse maldito?”
21. Da reintegração de Wolf
“Melhor não esperar o velho chegar aqui pessoalmente.”
Wolf se rendera ao cansaço, e ainda jazia inerte no chão da sala do delegado.
“Dêem uma ajeitada nele, e façam como mandei. Sem erros!”
Dois soldados o levam ao banho, limpam um pouco do sangue, e carregam num carro civil. Rodam até um hospital mais distante, o deixam nas proximidades e partem.
O sangramento havia parado, e a limpeza parcial feita pelos policiais não lhe quitara o horrível aspecto. Logo foi recolhido por dois trabalhadores que, obrigados á voltar à normalidade, se dirigiam ao trabalho em hora inusual.
A cidade voltava ao movimento. Comercio reabria, todos os serviços funcionavam. Havia restrições no uso da internet e telefone, mas, nada que afetasse o “cidadão normal”. Algumas notícias sobre prisões de elementos perigosos, que trabalhavam para os “maus”. Parte da população de acordo, guerra é guerra e não se pode perdoar quem seja leal ao inimigo.
Uma pequena parte do povo estava convencida de que a guerra era o melhor, assim iam se livrar de vez do risco de pobreza que o Sul representava. Aquele quadro de miséria incomodava, especialmente porque o Norte parecia caminhar justo nesse sentido, com perdas de direitos trabalhistas e aumento da fome e da violência.
“Tem que acabá com esses pobre”, se ouvia em algum canto. O desejo inerente de acabar com a pobreza, bem orientado pela mídia interessada em manter o status quo, se tornava o desejo de acabar com as pessoas.
Wolf foi examinado superficialmente pelos plantonistas, e levado ao quarto para atendimento adequado, assim que descobriram o cartão de visitas do avô, deixado pelo delegado em seu bolso.
Ele aproveitou para dormir. Despertou sob o olhar acusador de Joana, quando o sol já passava do meio do céu. “Preciso voltar ao porão”, o primeiro pensamento.
Ademais de um respeitado professor universitário, ele tinha um avô em um alto cargo militar, distante o suficiente para não brigar diariamente, perto o suficiente pra tirá-lo da cadeia e depor em favor de sua lealdade ao eixo do PP (Paz e Progresso).
Sua ficha policial não existia, nunca havia sido nem mesmo multado por nada, nem pelas bibliotecas.
O único vínculo que poderia ser conhecido era seu amor por ela.
Joana lhe pergunta alguma coisa, que ele não ouve. O corpo não dói, entorpecido pelos medicamentos. Quando Joana pára de falar, abre os olhos, ela está saindo do quarto, dando passo ao avô.
“Que fazia correndo na madrugada? “
o semblante feroz, que sempre tinha metido medo, está bem perto. Como quando, poucas vezes, estivera sentado no colo daquele homem que parecia tão distante.
“A vó tinha me chamado...” balbucia.
“Que vó?”
Ele conta a história. O velho militar, viúvo, liga para a mulher, que confirma tudo. Ela estava mal, a guerra devia ter lhe afetado os nervos, e chamara Wolf, que era o único neto que tinha, porque achou que ia morrer. Pedia desculpas pelos incômodos.
“Incômodos???? berra o avô, Ele quase morreu!!! e você vem falar de ‘incômodos’??”
Wolf senta na cama, começa a se vestir.
“Onde vai?”
“Tenho que ir...”
O avô olha o neto detidamente.
“Você não pode sair. Comigo aqui você não sai, precisa se tratar; e esse ferimento, tá bem medicado? Te falaram o que deve usar pra terminar de curar? Deite-se e seja cuidadoso como deve ser um homem”.
O neto não se deita, olha os olhos do avô com suavidade.
“Preciso ir.”
O velho dá meia volta,
“Vou pedir proteção pra você, mandarão um soldado ficar na sua porta, os canalhas que fizeram isso contigo podem voltar, e em tempos de guerra, melhor prevenir”, e sai fechando a porta.
Recobrando força, verifica os curativos, termina de vestir-se, e sai do quarto o mais firmemente que pode, antes que algum soldado apareça.
Wolf se rendera ao cansaço, e ainda jazia inerte no chão da sala do delegado.
“Dêem uma ajeitada nele, e façam como mandei. Sem erros!”
Dois soldados o levam ao banho, limpam um pouco do sangue, e carregam num carro civil. Rodam até um hospital mais distante, o deixam nas proximidades e partem.
O sangramento havia parado, e a limpeza parcial feita pelos policiais não lhe quitara o horrível aspecto. Logo foi recolhido por dois trabalhadores que, obrigados á voltar à normalidade, se dirigiam ao trabalho em hora inusual.
A cidade voltava ao movimento. Comercio reabria, todos os serviços funcionavam. Havia restrições no uso da internet e telefone, mas, nada que afetasse o “cidadão normal”. Algumas notícias sobre prisões de elementos perigosos, que trabalhavam para os “maus”. Parte da população de acordo, guerra é guerra e não se pode perdoar quem seja leal ao inimigo.
Uma pequena parte do povo estava convencida de que a guerra era o melhor, assim iam se livrar de vez do risco de pobreza que o Sul representava. Aquele quadro de miséria incomodava, especialmente porque o Norte parecia caminhar justo nesse sentido, com perdas de direitos trabalhistas e aumento da fome e da violência.
“Tem que acabá com esses pobre”, se ouvia em algum canto. O desejo inerente de acabar com a pobreza, bem orientado pela mídia interessada em manter o status quo, se tornava o desejo de acabar com as pessoas.
Wolf foi examinado superficialmente pelos plantonistas, e levado ao quarto para atendimento adequado, assim que descobriram o cartão de visitas do avô, deixado pelo delegado em seu bolso.
Ele aproveitou para dormir. Despertou sob o olhar acusador de Joana, quando o sol já passava do meio do céu. “Preciso voltar ao porão”, o primeiro pensamento.
Ademais de um respeitado professor universitário, ele tinha um avô em um alto cargo militar, distante o suficiente para não brigar diariamente, perto o suficiente pra tirá-lo da cadeia e depor em favor de sua lealdade ao eixo do PP (Paz e Progresso).
Sua ficha policial não existia, nunca havia sido nem mesmo multado por nada, nem pelas bibliotecas.
O único vínculo que poderia ser conhecido era seu amor por ela.
Joana lhe pergunta alguma coisa, que ele não ouve. O corpo não dói, entorpecido pelos medicamentos. Quando Joana pára de falar, abre os olhos, ela está saindo do quarto, dando passo ao avô.
“Que fazia correndo na madrugada? “
o semblante feroz, que sempre tinha metido medo, está bem perto. Como quando, poucas vezes, estivera sentado no colo daquele homem que parecia tão distante.
“A vó tinha me chamado...” balbucia.
“Que vó?”
Ele conta a história. O velho militar, viúvo, liga para a mulher, que confirma tudo. Ela estava mal, a guerra devia ter lhe afetado os nervos, e chamara Wolf, que era o único neto que tinha, porque achou que ia morrer. Pedia desculpas pelos incômodos.
“Incômodos???? berra o avô, Ele quase morreu!!! e você vem falar de ‘incômodos’??”
Wolf senta na cama, começa a se vestir.
“Onde vai?”
“Tenho que ir...”
O avô olha o neto detidamente.
“Você não pode sair. Comigo aqui você não sai, precisa se tratar; e esse ferimento, tá bem medicado? Te falaram o que deve usar pra terminar de curar? Deite-se e seja cuidadoso como deve ser um homem”.
O neto não se deita, olha os olhos do avô com suavidade.
“Preciso ir.”
O velho dá meia volta,
“Vou pedir proteção pra você, mandarão um soldado ficar na sua porta, os canalhas que fizeram isso contigo podem voltar, e em tempos de guerra, melhor prevenir”, e sai fechando a porta.
Recobrando força, verifica os curativos, termina de vestir-se, e sai do quarto o mais firmemente que pode, antes que algum soldado apareça.


